La tierra sin tierra

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“El 18 de abril de 2015 más de ochocientas mujeres, hombres, niños y niñas murieron ahogadas en el Canal de Sicilia. Navegaban hacinadas en un barco que partió de Libia y se dirigía a Italia. Procedían principalmente de Eritrea. También de Siria, Somalia, Sierra Leona, Mali, Senegal, Gambia, Costa de Marfil o Etiopía. Solo sobrevivieron 28 personas. No se trata de un hecho puntual, es una tragedia ya casi cotidiana que en los últimos quince años se ha cobrado la vida de más de 22.500 personas”. Informe 2015: Las personas refugiadas en España y Europa. Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR).

Europa está cerrando los ojos ante la mayor tragedia vivida en nuestras fronteras desde la II Guerra Mundial. Cada día, miles de personas huyen de sus países por conflictos armados, hambre, persecuciones religiosas o políticas. Los mismos gobiernos que han provocado muchos de estos conflictos son los que ahora impiden la entrada a los refugiados. Este 2016 ha sido el año de Lesbos, Idomeni, trenes abarrotados en Macedonia, hambre y frío en Hungría, decenas de dinguis frente a las costas de Libia y protestas en Calais. También el año del blindaje europeo.

Actualmente siete vallas de concertinas separan nuestras fronteras: Erdine (Grecia y Turquía) con doce kilómetros y medio, Lesovo y Kraynovo (Bulgaria- Turquía) con treinta kilómetros y Hungría con 135 kilómetros. No debemos olvidar las menos actuales, como son las de Ceuta y Melilla (ocho y doce respectivamente) y la de Calais (Francia- Inglaterra) con nueve vallas de espino. Fronteras inquebrantables para las personas, transparentes para el capital. Fronteras que separan la vida de la muerte.

“La tierra sin tierra” recoge los relatos de aquellos que abandonaron a sus familias, países y todo lo que conocían para escapar del horror. Personas fuertes, invencibles, que decidieron compartir sus experiencias personales y convertirse en el altavoz de los que no pueden serlo. Para dejar de ser invisibles.

Porque el tiempo de sobrevivir ha pasado. Ahora es el momento de vivir.

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El refugiado es una frontera. Carga consigo con los símbolos inmemoriales del Estado, de la guerra, de la persecución, de las naciones. Su paso es el de los millones de personas que han huido a lo largo de la historia de la humanidad. En su tiempo no hay velocidad, hay espera; en un campamento de Dadaab, a punto de naufragar en el Mediterráneo. Sigue con vida, evoluciona. Durante la Guerra Fría el refugiado era un triunfo político para el país de acogida; ahora lleva escrito el anatema en el cuerpo, camina hasta las decenas de muros que hay en el mundo que también son él, porque él es un muro, un muro impenetrable que se mueve, por el que nadie se mueve, que busca su sitio, que ha dejado de tener sitio: se amalgama y se alarga, busca refugio, seguridad, una vida poscampamento.

Frontera. Revista 5W. Nº1, Después de la guerra.

(Foto: Lara Monrosi)