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Conchita, 38 años. Venezuela

Conchita

“Los refugiados no somos ciudadanos de segunda clase, estamos más abajo todavía”

Conchita dice que su tierra es el sitio más bonito del mundo. A sus 38 años recién cumplidos, esta diseñadora gráfica con alma de artista recuerda su ciudad natal, Maracaibo, la segunda capital más habitada de Venezuela y una de las zonas más ricas del país gracias a las extracciones de petróleo.

Tras el Paro Nacional o Huelga General de 2003, Conchita entra a formar parte de la plantilla de Petróleos de Venezuela S.A. o como se le conoce comúnmente, la PDVSA. “Yo trabajaba para el Ministerio de Medio Ambiente pero me enteré que buscaban gente en la PDVSA que tuviera conocimientos informáticos y como soy buena con la tecnología, entré”, afirma.

Sus problemas en la empresa comienzan cuando finaliza el paro y se inicia progresivamente la nacionalización de la empresa. Tras la reelección de Hugo Chávez como presidente en el año 2000,  el gobierno inicia una serie de reformas políticas y sociales importantes con el objetivo de mejorar la situación económica del país. El conjunto de estas reformas se llamaría a partir de entonces ‘revolución bolivariana’. La nacionalización de algunas empresas formaba parte principal de estas medidas.

En Venezuela, estas reformas son conocidas popularmente como ‘El proceso’. “Al principio todo iba bien pero a medida que fueron pasando los años la situación política se complicó. El que no estaba con ‘El proceso’ lo botaban (despedían) o le hacían la vida imposible”, comenta. “Tuve dos incidentes graves porque quisieron botarme porque decían que yo no estaba con el proceso. Una de esas veces me sacaron los militares de las instalaciones”, recuerda.

Después de tres años soportando presiones, decide contratar a un abogado y comenzar un proceso penal contra la empresa. Según normativa de ésta, los empleados tienen el derecho de ascender dentro de su rango una vez pasados cuatro años. En el caso de Conchita no fue así. “Yo acumulé pruebas que evidenciaban que durante mucho tiempo se había truncado mi evolución profesional”.

A pesar de haber ganado la primera parte del proceso en el Ministerio de Trabajo, su abogado le animó a renunciar. “Me dijo que era imposible ir contra ellos así que lo dejé. Intenté trabajar para otras empresas pero fue imposible. Nunca más encontré trabajo en Venezuela”, comenta. “Las grandes empresas no me contrataban.  O habían sido expropiadas o sencillamente cuando llegaba a una entrevista de trabajo y sabían que no estaba con el proceso político me rechazaban”.

Sin encontrar otra salida que la de marcharse, pide asilo político en España hace año y medio. “Al principio yo resistí allí porque era el sustento económico de mi familia pero llegó un momento en el que era horrible. A los que no estábamos con el proceso nos tenían la vida hecha trizas”, afirma. Paralelamente al proceso judicial, Conchita había desarrollado una carrera como artista plástico realizando numerosos trabajos, la mayoría, en EEUU. Finalmente, y tras varios meses pensándolo, Conchita y su pareja ponen rumbo a España.

A los pocos días de llegar a Barcelona le conceden la entrevista para solicitar asilo político. “Yo nunca pensé en pedir asilo, yo quería una visa como artista pero me dijeron que eso no existía”. Tras llamar a varias entidades sociales para refugiados e inmigrantes decide pedir información en el Servicio de Atención de Inmigrantes, Extranjeros y Refugiados (SAIER) del Ayuntamiento de Barcelona. Para ella, el proceso fue fácil y rápido. “Le conté todo mi historia en PDVSA y me dijeron que era candidata para pedir asilo político”, recuerda. De ahí la derivan a la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) donde consigue poner en marcha su solicitud. Gracias a la ayuda de un abogado pudieron retrasar su cita una semana, tiempo suficiente para que le mandaran toda la documentación desde su país. “Al final todo cuadró. Me llegaron los papeles un lunes y yo tenía la cita un miércoles. Aceptaron a trámite mi solicitud y a los seis meses justos me llegó mi tarjeta roja con el permiso de trabajo” comenta.

Conchita reconoce que tiene suerte. “Mi pareja tiene un nivel económico más alto que yo y yo ahora he conseguido trabajo. Gracias a Dios no necesito una vivienda social ni la ayuda económica que te dan las organizaciones durante seis meses”.  Lo único que sí solicitó fue un plan de inserción laboral, gracias al que hizo un curso de hostelería y consiguió unas prácticas en el restaurante de la ONG Mescladís. Ahora tiene un contrato de seis meses en el restaurante americano Hard Rock Café, situado en Plaza Cataluña, en el centro de Barcelona. “El trabajo es durísimo pero el ambiente allí es súper agradable. Me siento frustrada porque siempre estoy cansada y no me deja tiempo para pintar pero pienso que todo esto es transitorio, que mi vida cambiará”.

En relación a su orientación sexual, Conchita reconoce que nunca tuvo problemas en Venezuela. “En mi país todos vivimos una vida doble. Yo lo mantenía un poco en secreto, sólo lo sabían mi familia y mis amigos más íntimos, por eso creo que nunca me pasó nada”. Aquí es completamente diferente. “No era sano vivir tan reprimida. En Barcelona me siento en el paraíso”, cuenta.

Conchita cree que los inmigrantes y refugiados están totalmente fuera del tejido social. Denuncia también el incremento del racismo, sobre todo contra la población latina. “No somos ciudadanos de segunda clase, estamos más abajo todavía. Aquí me siento totalmente invisible. No conozco a nadie y no puedo hablar con mucha gente. Afortunadamente conozco el idioma y estoy con mi pareja. Seguro que hay gente muchísimo peor que yo”, admite.

Conchita mantiene la esperanza de volver algún día a Venezuela. Confiesa estar muy feliz tras los últimos resultados electorales que le dieron la victoria en la Asamblea Nacional a Mesa de Unidad Democrática (MUD), principal partido de la oposición frente al presidente Nicolás Maduro. “Hay gente en el poder que ya está luchando para que el país cambie. Espero que Venezuela resucite” concluye.