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Dijana, 34 años. Bosnia – Herzegovina

Djana

“La guerra llega de un día para otro. Mañana te podría pasar a ti”

Nacida en la ciudad de Doboj, a Dijana el inicio de los bombardeos le sorprende estando de vacaciones en Croacia con su tía. Tenía doce años y aunque en ese momento no lo sabía, nunca más volvería a pisar su casa. “Yo salí de Sarajevo dos días antes de que estallara la guerra y te aseguro que había una vida normal como aquí”, recuerda.

Dijana asegura que a la gran mayoría de los bosnios musulmanes la noticia de la guerra les cogió desprevenidos. “Pensábamos que no pasaría nada porque había muchos matrimonios y familias mixtas. Yo soy musulmana y estoy casada con un católico”.

Nada más comenzar los enfrentamientos, Dijana pierde el contacto con su familia. Después de algunas semanas de angustia, por fin consigue noticias de ellos. En Doboj, su tío y otros treinta hombres se habían enrolado en la milicia bosnia para frenar el avance de las tropas serbias. A los pocos días, son fusilados por un amigo íntimo de la familia y enterrados en una fosa común en el bosque. “Fue increíble. Había sido amigo de mi tío toda la vida. Desde pequeños quedaban en casa de mi abuela y se iban a jugar”, recuerda.

Mientras Dijana y su tía están en Croacia, la situación en Doboj se recrudece. Como no podían volver a casa a recoger a la madre de Dijana, su tía decide pagar a un serbio que trabaja trasladando a refugiados por la frontera de forma ilegal para que la saquen del país. Es su única salida. Al cabo de unos días las tres consiguen reunirse en Split, donde se quedarán a vivir cerca de un año y medio con otras treinta familias bosnias.

Finalmente, Dijana logra pedir asilo en España junto a su madre. “Recuerdo que nos hicieron una tarjeta de refugiados conjunta para las treinta familias que vivíamos allí”. Una vez aquí y tras un viaje en autobús de varios días, son acogidos en diferentes pueblos del Vallés Oriental. Tras pasar unos meses en la localidad de Gualba, se trasladan a Sant Celoni, donde viven actualmente. “Durante dos años vivimos en una casa que nos dejó un vecino completamente gratis mientras mi madre buscaba trabajo. Ni siquiera pagamos agua o luz”, recuerda.

Dijana se emociona cuando recuerda el momento en el que le dijeron que su tío había sido fusilado por un amigo de la familia. “Mi abuela me explicó que después de fusilarlo el asesino se presentó en su casa para decirle que había sido él. No me lo podía creer”. En su memoria quedarán para siempre las palabras que dijo cuando confesó. “Yo he venido a esta casa muchas veces como amigo pero hoy vengo como otra cosa. Vengo para deciros que he sido yo el que lo ha hecho”.

Después de la confesión, huyó de la ciudad durante años. Finalmente, tras mucho tiempo en busca y captura, lo encontraron las pasadas navidades. Llevaba años escondido por diferentes pueblos hasta que la policía lo detuvo. “Da igual el tiempo que haya pasado, nosotros vamos a ir a juicio”, afirma.

Cuando se le pregunta sobre la actual crisis de refugiados, Dijana es contundente. “Es horroroso lo que está pasando en nuestras fronteras. Estamos jugando con vidas humanas. Son personas como tú y como yo”. Tampoco se olvida del papel que están jugando los gobiernos europeos y la mayoría de los medios de comunicación en esta crisis, a los que les responsabiliza de crear una mala imagen del refugiado. “El otro día un abuelo me decía que iban a venir muchos refugiados a Cataluña. Yo le dije: ¿vienen para quedarse en tu casa? ¿Si fuera al revés y te ocurriera lo mismo te gustaría que la gente te acogiera y te ayudara? Evidentemente la respuesta fue un rotundo sí”. “Hay que ponerse en el lugar del otro porque no sabes lo que te va a pasar mañana, igual que yo no sabía lo que iba a suceder en mi país. Haz lo que te gustaría que hicieran contigo, ni más, ni menos”, concluye.

Para Dijana, Bosnia se encuentra en un estado de profundo abandono. Muchos edificios no se han reconstruido aún y la tasa de desempleo juvenil sube a un ritmo vertiginoso. Además,  después de más de veinte años desde el fin oficial de la guerra y con un gobierno completamente ineficaz para gestionar el país, la mayoría de la población sigue viviendo en la miseria. “Mi abuela ha trabajado toda su vida y tiene una pensión de cien euros. Afortunadamente nosotros la ayudamos desde aquí pero si no, no sé cómo podría sobrevivir”.

Actualmente, Dijana trabaja en un restaurante de comida rápida y vive junto a su marido y su hijo de siete años en Sant Celoni. Sueña con volver algún día. “Aunque me encantaría, de momento es imposible. Allí no hay futuro para mi familia ni para mi hijo. Ojalá algún día pueda regresar. Aunque me fui muy pequeña, la tierra es la tierra y mis raíces siguen estando allí” afirma.